Centroamérica, el sueño de la unión y el desafío del bicentenario

4 de Fevereiro de 2020, por Andrés Mora Ramírez

Hoy, al menos desde al arco diverso de fuerzas sociales y políticas de la izquierda, no tenemos claridad sobre el horizonte utópico que iluminará las luchas y búsquedas de los próximos años. Y en ese vacío, la derecha instala sus consignas e intereses para que todo siga la corriente de la inercia del capitalismo depredador.

Proclamação da independência da América Central em 1821.
Proclamação da independência da América Central em 1821.

Hace un siglo, en la víspera de las celebraciones del primer centenario de la independencia de las provincias de la antigua Capitanía General de Guatemala del Reino de España (1821), Centroamérica vivió un clima cultural y político inédito en el que la ebullición del pensamiento crítico y la articulación de redes intelectuales que se extendieron por nuestros países –gracias a la prensa escrita y el incipiente desarrollo de espacios de sociabilidad de alcance regional-, crearon las condiciones para el renacimiento de la utopía unionista.

Este auge del unionismo fue una respuesta original de la intelectualidad centroamericana a dos fenómenos que, por entonces, introducían transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales, que llegaron a condicionar el devenir del istmo en las siguientes tres a cuatro décadas: nos referimos, por un lado, a la crisis del Estado liberal-oligárquico y la consecuente represión de los movimientos obreros y sociales emergentes por aquellos años (donde podemos identificar, sin duda, las raíces de muchos de nuestros problemas estructurales de desigualdad, de participación política limitada y de convivencia democrática cercenada); y por el otro, al ascenso imperialista de los Estados Unidos y su proyección inmediata en la región, mediante una política sistemática de intervención en los asuntos internos de los países centroamericanos, que tuvo en la invasión a Nicaragua entre 1926 y 1933 (con el consecuente alzamiento de Augusto César Sandino), o en el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, dos expresiones paradigmáticas del talante de las relaciones de dominación que impuso la potencia del norte.

La revisión de las publicaciones de la época, tanto de periódicos como de revistas culturales, da cuenta de la intensidad del debate unionista, en sus diferentes vertientes y registros, y la persistencia de aquellas figuras que, en el contexto del centenario de la independencia y frente al paso arrollador del imperialismo, promovían las tesis de la unidad como alternativa de preservación de la soberanía y de la vida misma de nuestros pueblos, evocando para ello la experiencia de la Federación Centroamericana que encabezó Francisco Morazán entre 1824 y 1838, y con una clara influencia en sus escritos de las ideas del venezolano Simón Bolívar y del cubano José Martí.

En la emblemática revista Repertorio Americano, por ejemplo, editada en San José de Costa Rica por Joaquín García Monge, es posible rastrear la presencia del pensamiento unionista durante más de dos décadas, desde principios de los años veinte y hasta casi el final de la Segunda Guerra Mundial. Figuras de la talla del nicaragüense Salvador Mendieta, del salvadoreño Alberto Masferrer, de los guatemaltecos Carlos Wyld Ospina y Rafael Arévalo Martínez, o de los hondureños Froilán Turcios y Rafael Heliodoro Valle, plasmaron en las páginas del Repertorio su visión de la unidad posible y necesaria de Centroamérica, con propuestas tan audaces y de avanzada como el Proyecto de Constitución para la Unión Vitalista Hispano-Americana de Masferrer (1932), que evidencian el compromiso político asumieron en un delicado y complejo período de nuestra historia. En 1944, el hondureño Valle expresaría así su convicción sobre el futuro de la región: “Centroamérica tiene todo lo que necesita para resurgir un día como unidad política y económica. Sus cinco países no niegan el común origen y la común tragedia; está viva la realidad geográfica (...), y en ese panorama laten las riquezas naturales que son envidia del mundo; brillan mentes claras, hay sensibilidades finas para el arte y cerebros puros para la ciencia; hay materiales numerosos para construir una gran patria, en el centro prodigioso de nuestro hemisferio”[1].

Ese vigor y sentido de urgencia en la praxis intelectual se echa de menos en nuestros días, en vísperas del bicentenario de la independencia, cuando Centroamérica se encuentra a la deriva, en medio de la tormenta de una nueva crisis de múltiples dimensiones: (geo)política, económica, ambiental y cultural en sentido amplio, que poco a poco desangra a nuestras sociedades y las sume en la desesperanza. Hoy, al menos desde al arco diverso de fuerzas sociales y políticas de la izquierda, no tenemos claridad sobre el horizonte utópico que iluminará las luchas y búsquedas de los próximos años. Y en ese vacío, la derecha instala sus consignas e intereses para que todo siga la corriente de la inercia del capitalismo depredador.

El bicentenario nos interpela a todas y todos, centroamericanos y centroamericanas del siglo XXI. Responder a la altura de su exigencia histórica, en medio de la encrucijada de ser o dejar de ser una región que aspira a realizar un destino común, es el desafío que se abre ante nuestra generación. ¿Seremos capaces de responder a ello?

[1] Valle, R. (1944). Día de Centroamérica. Repertorio Americano, 41 (12), pp. 190-191.