Costa Rica: guerra cultural

26 de Março de 2018, por Rafael Cuevas Molina

Fabricio Alvarado y Carlos Alvarado: aspirantes a la presidencia de Costa Rica.
Fabricio Alvarado y Carlos Alvarado: aspirantes a la presidencia de Costa Rica.

El resultado de las elecciones del próximo 1 de abril determinará el rumbo que esta guerra cultural asuma, o del exacerbamiento, si gana el candidato neopentescal, o de atemperamiento aunque no de su desaparición, si gana su oponente.

Las elecciones que tendrán lugar en Costa Rica el próximo 1 de abril han desatado una verdadera guerra cultural. Dos países encerrados entre las mismas fronteras se enfrentan con una virulencia que, tal vez, solo tenga parangón con lo vivido en los años 40, cuando la contraposición llegó hasta llevar la sangre al río, desatando una corta pero intensa guerra civil. Las  nuevas generaciones, sin embargo, no tienen memoria de nada parecido, sobre todo porque la memoria oficial ha sabido tapar los hechos violentos de entonces, y se ha entronizado una visión idílica del ser costarricense.

Tal vez precisamente por eso, es decir, por la benigna autosatisfacción con la que se han visto a sí mismos, los costarricenses viven este enfrentamiento con sorpresa y angustia. Aunque, a decir, verdad, los que lo viven de esta forma no son todos, sino aquel tercio de la población que, viviendo en la aglomeración urbana central del país, teniendo mayor acceso a educación, bienes y servicios culturales, se han “modernizado” a tono con  los tiempos.

Este tercio preponderantemente urbano, moderno y ahora angustiado, sobre el cual aún es efectiva la legitimidad ideológica que se forjó a partir de la antes mencionada guerra civil de mediados del siglo XX, se forjó un imaginario sobre el país y ellos mismos próximo al de un enorme parque de diversiones tropical, de goce y felicidad perpetua.

Ha sido esta una fantasía poderosa, bien cimentada originalmente en políticas estatales de tome y daca, es decir, de ofrecer y dar beneficios a cambio de legitimidad, que sin embargo se fue erosionando paulatinamente desde los años 80, acumulando  desencuentros y contradicciones que solo esperaban el detonante para explotar como lo hacen ahora.

El otro tercio de la población tica, la que se fue desencantando del canto de sirenas con el que “los modernos” seguían danzando, forma un variopinto “aglomerado indigesto” en el que se mezcla la  marginación y el desencanto, por un lado, con la impaciencia y la voracidad, por otro. Los primeros han perdido la esperanza porque hasta ellos no llegó “el rebalse” que los neoliberales prometieron que se derramaría sobre ellos desde las alturas de los ganadores del modelo. Abandonados a su suerte, poco les dicen los eslóganes en los que frívolamente se concentra y expresa la “marca país” de los modernos. En los precarios barrios en donde corren por media calle las aguas negras de la comunidad, hicieron su festín las iglesias neopentecostales. Éstas llegaron para quedarse hace ya más de cuarenta años, cuando Centroamérica hervía en medio de guerras de insurrección popular en las que los cristianos, respaldados por la Teología de la Liberación, ponían en jaque el sistema de dominación apoyado económica y militarmente por los Estados Unidos.   

Pero a ellos se suman otros, también ganados por el universo neopentecostal. Son los que pueden catalogarse como producto puro engendrado por el sentido común neoliberal; los que crecieron formados por las universidades privadas (que hoy gradúan al 67% de los profesionales del país), los que se tragaron el cuento del “emprendedurismo”, del self made man, del quítate del frente que aquí voy yo. A estos, el neopentecostalismo les tenía también preparada su receta: el de la Teología de la Prosperidad, que entiende a Dios como mercachifle: “dame que yo te doy, hagamos negocio”.

El otro tercio de costarricenses dicen que no votarán, pero no por ello están marginados en esta guerra. Estos también están decepcionados pero prefieren volverle la espalda a todo y marginarse con expresión de asco en la cara. Es una sociedad en crisis.

La guerra cultural ha sido declarada en Costa Rica, después del crecimiento larvado durante las últimas décadas, de las condiciones para que esto sucediera.

El resultado de las elecciones del próximo 1 de abril determinará el rumbo que esta guerra asuma, o del exacerbamiento, si gana el candidato neopentescal, o de atemperamiento aunque no de su desaparición, si gana su oponente.

En esas está Costa Rica, expectante.