Las invasiones bárbaras

22 de Outubro de 2018, por Rafael Cuevas Molina

Migrantes hondureños a la espera de cruzar  la frontera entre Guatemala y México
Migrantes hondureños a la espera de cruzar la frontera entre Guatemala y México

Nosotros los pueblos de la periferia, los abatidos por la violencia y la pobreza, gobernados por pequeños reyezuelos corruptos que ostentan su riqueza y su poder en sus pequeñas cortes de genuflexos cortesanos. Nosotros los perdedores de siempre, los que no aparecemos en los tratados de literatura o de la historia mundial, los que no hacemos arte sino folclor; los que estamos apenas comenzando, los que vamos bien pero “les falta mucho”.

Nosotros los muertos de hambre, a los que nos llegó el cambio climático sin avisar y por sorpresa, a los que se nos van los hijos transformados en esqueletos andantes de enormes vientres y pesadas cabezas de marcianos moribundos; nosotros los de los labios secos, los de los pelos hirsutos, opacos y resecos, los ancianos prematuros. Nosotros los tarados, los que fuimos desnutridos desde el vientre primigenio, a los que se nos secó el cerebros, a quienes se nos fueron apagando las neuronas poco a poco al tragar leche lavada de las tetas flácidas.

Nosotros los mugrosos, los harapientos, los feos, los hediondos, los que extendemos la mano suplicante musitando letanías y plegarias mientras mostramos nuestras llagas, nuestros miembros tullidos, los espacios desdentados de nuestras bocas malolientes. Nosotros los de las esquinas sucias, los que vivimos entre orines, en los rincones oscuros alfombrados con cartones.

Nosotros los invisibles, a los que nos cierran las ventanillas de los carros, los vistos con horror por las muchachas rozagantes, los posibles violadores, los posibles asaltantes, los posibles agresores, los violentos, los malos, los desviados.

Nosotros los de la orilla de la orilla, los que venimos de ese paisito de mierda que nadie sabe nunca en dónde queda, los que siempre salen de Guatemala para caer en Guatepior, los que aún estando en Guatepior no sentimos mejor que en Guatemala.

Nosotros los expulsados, lo echados, los salidos por la tangente, los eternos desarraigados, los eternos anhelantes de los volcanes azules, de los lagos transparentes, de las mañanas vaporosas que solo existen en la mente.

Nosotros los del tren de la muerte, los que cruzamos ríos, los que yacemos en las fosas clandestinas de Chihuahua, de Nayarit, de Tamaulipas. Nosotros los secuestrados en el desierto de Sonora, los cazados como venados por rancheros panzones y pedorros en sus haciendas de Arizona; los apresados por las patrullas fronterizas, los encerrados en gallineros, los separados de los hijos y las hijas.

Nosotros los malditos, los anatemizados en discursos altisonantes aplaudidos por muchedumbres enardecidas, los causantes de zozobra, de odio, de miedo, de incertidumbre. Nosotros los acusados de amenazar al imperio, de poner en jaque sus torreones fronterizos, de hacer peligrar su gran dominio, de quitarle la comida de la boca a sus buenos ciudadanos.

Nosotros nos hemos puesto nuevamente en movimiento, hemos echado a andar en largas caravanas que cada vez serán más grandes y golpearán las murallas que protegen al imperio. Nosotros somos  miles de miles de imparables y nos multiplicamos como langostas.

Nosotros, los bárbaros, haremos caer al imperio.