Andrés Manuel López Obrador: un discurso memorable

4 de Agosto de 2021, por Rafael Cuevas Molina



 El discurso de AMLO tiene la ventaja de haber sido dicho en un momento especialmente escabroso de la historia mundial, cuando se ha evidenciado la necesidad global de mayor cooperación entre los pueblos, y la mezquindad de quienes se aprovechan de las circunstancias para llevar agua para su molino particular.

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No habría sido posible escoger una fecha y una situación más apropiada y simbólica que las que escogió AMLO para decir un discurso que, en nuestra opinión, marcará época. Con la presencia de representantes de toda América Latina en reunión de la CELAC, y en el aniversario del nacimiento de Simón Bolívar, su alocución giró en torno a una idea que expresa con claridad y énfasis en la frase final: “Mantengamos vivo el sueño de Bolívar”.

Mantener vivo ese sueño significa para AMLO varias cosas en este discurso. En primer lugar, recordar el papel que han jugado en nuestras tierras los Estados Unidos. Un país como México, que ha sufrido en carne propia, desde los albores de su vida independiente, la actitud depredadora de su vecino del norte, tiene suficiente experiencia como para poder referirse al asunto con total conocimiento de causa.

En torno a esa actitud depredadora giró el discurso presidencial. En menos de media hora exploró en sus orígenes, puntualizó hitos de su evolución y la situó en la contemporaneidad, cuando el poder omnímodo de la potencia se ve amenazado creciente y consistentemente por el ascenso de nuevos y poderosos actores en la palestra internacional.

En ese recorrido, AMLO destacó dos formas de relacionarse con el poderío abusivo norteamericano: con el entreguismo deshonroso de las “fuerzas conservadoras”, o con la resistencia digna, de la que puso como ejemplo a Cuba. Es nuestra opinión que esta referencia, sobre todo tomando en cuenta los momentos difíciles por los que atraviesa, fue si no el más, uno de los momentos cúlmenes de su exposición. Con la referencia a la isla, a la que llamó a honrar con los más altos reconocimientos de la sociedad por su postura de resistencia por más de 60 años, puso sobre el tapete el meollo de lo que ha sucedido en Nuestra América cuando un país del hemisferio occidental no está dispuesto a aceptar la prepotencia del matón del barrio.

Es sintomático que el único pasaje que fue aplaudido durante su discurso fue esta referencia a Cuba. A partir de él, AMLO desplegó su propuesta, que él considera posiblemente utópica, de detenerse a pensar que esa forma de relacionamiento entre los pueblos de América ya no funciona. En primer lugar, porque no le sirve a nadie, ni siquiera a quien la ejerce. En el contexto del surgimiento acelerado, explosivo se podría decir, de China como potencia económica en el mundo, lo que le conviene a la potencia del norte es relacionarse de forma armoniosa y cooperativa con sus vecinos del sur pues, considera AMLO, su derrumbe no sería un enorme problema solo para los Estados Unidos sino para todo el hemisferio que, en el contexto globalizado en el que estamos, se vería afectado en su conjunto.

De ese razonamiento deriva sus consideraciones respecto a la OEA, el organismo que ha sido instrumento de la política exterior estadounidense, pero que bajo la secretaría de Luis Almagro parece haber tocado fondo. En su perspectiva, la OEA está obsoleta. Es muy sintomático que estas apreciaciones sean dichas en el contexto de una reunión de la CELAC, organismo que encarna principios latinoamericanistas distintos de los panamericanistas de la OEA. No se trata, por lo tanto, que los Estados Unidos repiensen sus relaciones con América Latina, sino que los mismos latinoamericanos repensemos las relaciones entre nosotros mismos.

Las ideas que expuso AMLO en su discurso ya han sido expuestas con anterioridad. Las ha dicho en diferentes oportunidades su canciller, Marcelo Ebrard, lo cual le ha valido exabruptos airados del secretario general de la OEA; los ha dicho el mismo presidente en distintos momentos, en su visita reciente a los Estados Unidos, en sus mensajes matutinos diarios; y los han dicho, tal vez con otro tono y matiz, otros presidentes y funcionarios de alto nivel de los gobiernos progresistas y de izquierda de Nuestra América en los últimos años. Pero el discurso de AMLO tiene la ventaja de haber sido dicho en un momento especialmente escabroso de la historia mundial, cuando se ha evidenciado la necesidad global de mayor cooperación entre los pueblos, y la mezquindad de quienes se aprovechan de las circunstancias para llevar agua para su molino particular.

La escritora chilena Isabel Allende, presente en el evento y a quien se concedió el uso de la palabra, resumió la importancia del momento: “Nadie recuerda una crisis global de esta magnitud como es la pandemia (…) Nadie está realmente a salvo si no lo estamos todos (…) ¿Qué mundo queremos para nuestros hijos? Es la pregunta más importante de nuestro tiempo, la pregunta que cada mujer y hombre consciente debe plantearse y sobre todo la pregunta que las naciones deben responder”.

En ese contexto debemos entender la alocución de Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, referente sobresaliente del pensamiento político de avanzada de Nuestra América contemporánea. Con ese espíritu deberíamos emprender todos nuestros esfuerzos por construir un mundo más humano que responda a la nueva época que vivimos.