Mercado mundial, ¿qué está en curso?

1 de Julho de 2021, por Guillermo Castro H.

Tendência do capital é sempre expandir
Tendência do capital é sempre expandir

 Lo que llamamos crisis global, ¿ocurre como un momento de transición en el desarrollo del mercado mundial, o está en crisis el mercado mismo como forma superior de organización del capitalismo? 

La respuesta a esta pregunta tendrá importantes consecuencias para el futuro de nuestra especia. Si se trata de lo primero, ¿cómo incidir en ese desarrollo para transitar hacia formas de desarrollo más equitativas y menos insostenibles? Y si se trata de lo segundo, ¿qué riesgos y qué oportunidades nos plantearía esa crisis del mercado mismo, y con qué y cómo cabría transformarlo?

Así planteado el problema, cabe explorar por ejemplo la forma en que fue encarado por Marx. Las referencias al tema son múltiples en el conjunto de su obra, y ganan en coplejidad y riqueza sobre todo en su periodo de madurez. Así, por ejemplo, en 1858 comentaba en una carta a Engels:

La misión particular de la sociedad burguesa es establecer el mercado mundial, al menos en esbozo, y de la producción adecuada al mercado mundial. Como el mundo es redondo, esto parece haber sido completado por la colonización de California y Australia y el descubrimiento de China y Japón.[1]

Y agregaba enseguida, desde la perspectiva política que le era característica:

Lo difícil para nosotros es esto: en el continente [europeo], la revolución es inminente y asumirá de inmediato un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso?

Para cuando fue escrita esta carta, la correspondencia entre Marx y Engels ya hacía parte del proceso mayor de elaboración de El Capital, que tendría su primera culminación con la publicación del primer tomo de la obra en 1867. En esa circunstancia, plantea Marx,

La tendencia a crear el mercado mundial viene dada inmediatamente en el concepto de capital. Todo límite se presenta como un límite a superar. Ante todo, el capital tiene la tendencia a someter todo momento de la producción al cambio y a negar la producción de valores de uso inmediatos, que no entran en el cambio, es decir, tiene a tendencia a colocar precisamente la producción basada sobre el capital en lugar de modos de producción anteriores y, desde su punto de vista, primitivos. [2]

La dinámica de ese proceso es omnicomprensiva. De ahí resulta, por ejemplo, “la explotación de toda la naturaleza, para descubrir nuevas cualidades útiles de las cosas, y el cambio universal de los productos de todos los climas y países extranjeros, y la nueva preparación (artificial) de los productos naturales, con lo cual se les da un nuevo valor de uso.” Esa tendencia se traduce, así, en 

La exploración de la tierra de forma total, tanto para descubrir nuevos objetos útiles, como para descubrir nuevas posibilidades de uso de los objetos antiguos, y nuevas cualidades de los mismos como materias primas, etc.; el desarrollo de la ciencia natural alcanza, por tanto, su punto más alto; igualmente el descubrimiento, creación y satisfacción de nuevas necesidades que proceden de la sociedad misma; el cultivo de todas las cualidades del hombre social y la producción del mismo como individuo rico en necesidades en la mayor medida posible […] es también una condición de la producción basada sobre el capital. 

De esto resulta que el capital pueda crear “por una parte la historia universal”, mientras por otra crea “un sistema de la explotación general de las cualidades naturales y humanas, un sistema de la utilidad general,” sostenido tanto por la ciencia como por “todas las cualidades físicas y espirituales.” De este modo, el capital crea “la sociedad burguesa y la apropiación universal tanto de la naturaleza como de la conexión social misma de los miembros de la sociedad.” De ahí, también, “la gran influencia civilizadora del capital; su producción de un estado social, frente al cual todos los anteriores se presentan solo como desarrollos locales de la humanidad y como idolatría de la naturaleza.” 

Para Marx, el capital tiende así por necesidad “a pasar por encima tanto de los límites y prejuicios nacionales, como sobre la adoración de la naturaleza y la satisfacción tradicional.” Es “destructivo frente a todo esto y opera una revolución constante, destrozando todos los obstáculos que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas, la ampliación de las necesidades, la multiplicación de la producción y la explotación y el cambio de las fuerzas naturales y espirituales.” Y añade:

Pero […] del hecho de que el capital ponga cada uno de estos límites como un obstáculo, y consiguientemente lo supere idealmente, no se sigue en modo alguno que él realmente lo haya superado, y puesto que todo límite contradice su determinación, su producción se mueve entre contradicciones, que son superadas continuamente, pero que son continuamente puestas. 

De aquí, por tanto, que la universalidad hacia la que tiende irresistiblemente el capital “encuentra sus límites en su propia naturaleza.” 

Ese límite ha sido evadido hasta ahora por sucesivas revoluciones industriales y científicas y por el uso regular de la fuerza militar. Esas revoluciones, a su vez, han estado asociadas a transformaciones en la organización del mercado mundial, desde una fase colonial del siglo XVIII a mediados del XX, y desde allí a una fase internacional que desde hace treinta años se viene desintegrando en un proceso de “globalización” que bien puede culminar en la transnacionalización del mercado mundial – que de hecho ya está en curso -, o en lo que resulte necesario para encarar la necesidad de garantizar la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie.

En todo caso, nuestra crisis discurre en un mundo interdependiente a extremos sin precedentes, en cuya preservación desempeñan un papel de primer orden los factores subjetivos. En esta circunstancia, la peor amenaza proviene de la industria cultural dedicada a la producción y el reciclaje constantes del sentido común que nos advierte contra el fantasma del populismo, como la mejor esperanza nos viene de nuestra capacidad para construir un buen sentido, bien informado. Ya lo dijo en otra transición José Martí: 

Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo.[3]

Allí empieza el camino que lleva a transformar en conocimiento la experiencia que van ganando los pobres de la tierra en la tarea de transformar el mundo para el bien de todos.

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Notas

[1] Carlos Marx: carta a Federico Engels. Londres [8 de octubre de] 1858. Marx, Carlos y Engels, Federico (1973:103-104): Correspondencia. Editorial Cartago, Buenos Aires. 

[2] Marx, Karl (2012: 354-356): Textos Selectos y Manuscritos de París, Manifiesto del Partido Comunista, con Friedrich Engels, Crítica del Programa de Gotha. Estudio introductorio por Jacobo Muñoz. Editorial Gredos, Madrid.

[3] “Crece”. Patria, 5 de abril de 1894. Obras Completas. Eidotiral de Cienicas Sociales, La Habana.1975: III, 121.