A propósito de la salida de Lima del Grupo de Lima

10 de Agosto de 2021, por Rafael Cuevas Molina

 


En 1954, inauguraron la era de los golpes de Estado cuando derrocaron al gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán en Guatemala. En este golpe ya se presentaron rasgos definitorios que luego se utilizarían en cada lugar en donde hubieran puesto la vista y determinado que no querían al gobierno respectivo. Como se trataba del período de la Guerra Fría, caracterizar a quien había sido designado como el sacrificado de turno como comunista era de rigor. Para eso se confeccionaban “pruebas” que eran difundidas a través de los medios de comunicación que mostraban que no quedaba otra alternativa que derrocar al díscolo, y un suspiro de alivio recorría al continente cuando, por fin, los acontecimientos llevaban a lo inevitable.

Los ejecutores eran en primer lugar los ejércitos, armados y entrenados por ellos. Para eso tenían a la Escuela de las Américas en la Zona del Canal, en Panamá, pero colaboraban con ahínco a tal empresa gobiernos como el israelí o el argentino, que habían perfeccionado técnicas golpistas que hacía de sus cuadros apetecibles instructores.

Esa época, aunque no ha desaparecido del todo (ya la administración de Donald Trump repitió hasta el cansancio en el caso de Venezuela, por ejemplo, que “todas las opciones” estaban sobre la mesa), ha ido esfumándose con el paso del tiempo: las nuevas condiciones del mundo han hecho que las estrategias varíen. Ahora, el Tío Sam reparte a diestra y siniestra castigos que pretenden reprender a los que se salen del redil, como cuando la maestra o la madre, con la paciencia colmada, enviaba a la esquina al niño con el que ya no sabían qué a hacer.

Las reprimendas con las que los Estados Unidos hacen saber que lo que se está haciendo en alguna parte no le gusta, que es lo mismo a decir que no cuadra con sus intereses (económicos, políticos, geoestratégicos o geopolíticos), es sancionar funcionarios del gobierno en cuestión quitándoles la visa para entrar al “reino de la libertad”, que ellos creen que son; cerrándoles cuentas bancarias o prohibiendo que las abran en la red financiera internacional y, en casos extremos, persiguiéndolos judicialmente. Pero también toman medidas más drásticas, como las que en su momento han tomado con quienes consideran miembros excepcionales del “eje del mal”, con Venezuela, Cuba y Nicaragua. Los tres han sufrido agresiones de las más variadas, minados de puertos, atentados contra sus dirigentes políticos, cercos económicos, comerciales y culturales, etcétera, etcétera, etcétera.

En nuestra América Latina, en donde nuestros políticos son tan dados a mover la cola perruna que mencionó alguna vez quien fuera presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, se respaldan con entusiasmo este tipo de acciones y políticas que emanan desde el centro gravitatorio del hemisferio occidental (como le gusta llamar a los Estados Unidos a esta parte del mundo que considera tu principal tajada el pastel).

Como es natural, quienes antes y en primer lugar aplauden las medidas coercitivas de Washington son los políticos de derecha, los cuales, aunque muchos consideren que ya dejaron de existir, siguen siendo la principal correa de transmisión de sus políticas. Ellos se visten, como siempre lo han hecho, con los más diversos ropajes, porque en general suena feo eso de que a uno le digan que es de derecha. Se muestran, por lo tanto, como demócratas, como intelectuales moralmente ofendidos, como estudiantes sanos en busca de la libertad, como juventud en contra de las dictaduras. Pero, independientemente de cómo se muestren, cuando eventualmente logran llegar al poder hacen lo que siempre se supo que harían, impulsan con convicción y denuedo las políticas neoliberales que ya conocemos, y nos piden a todos que nos sentemos en el cordón de la vereda a esperar a que se derrame la copa y nos inundemos de bienestar y alegría.

Pero, desafortunadamente, también hay políticos de izquierda, o que se dicen de izquierda, que están atentos a que los Estados Unidos tomen alguna de estas medidas con quienes se hayan transformado en un escollo para el buen desempeño de sus políticas, incluso siendo gente de pensamiento conservador coincidente, en lo esencial, con el de las élites gobernantes norteamericanas. Entonces ven buenos augurios para sus propios proyectos cuando estos reciben las advertencias sancionatorias de las que hablábamos más arriba, y se alegran, como el chiquito al que en la escuela le complacía cuando quien le caía mal era castigado por la maestra.

Pasa todo esto en buena parte porque vivimos como polluelos con el pico abierto esperando que nos traigan el alimento desde fuera, incapaces de conseguirlo con nuestro propio esfuerzo. Ahí donde las llamadas oposiciones son débiles, hay quienes, con el pico abierto, esperan que las soluciones lleguen desde afuera, mostrando así la incapacidad por construir proyectos políticos propios, y la desconfianza que tienen del potencial de sus propios pueblos.

El Grupo de Lima fue uno de esos intentos para tratar de darle aire a una oposición venezolana raquítica y sin horizonte, en el que jugaba un papel central ese pobre fantoche de hablar atropellado que se llama Juan Guaidó, de quien a estas alturas no se quieren acordar ni los que lo empujaron a tamaño disparate, y que ahora viven la dolce vita en barrios lujosos de Miami o Madrid, como Leopoldo López.

Su fin es síntoma que los vientos han cambiado en el “hemisferio occidental”, ojalá en la dirección que, como dijo AMLO en su memorable discurso de hace quince días, nos viene señalada desde tiempos de Simón Bolívar: el de la unidad y andar conjunto, como “árboles en fila”, al decir de Martí, que nos lleve a darle nuevos aires a organizaciones como la CELAC, UNASUR, la ALBA, el Banco del Sur, y a todos los proyectos que persigan apoyarnos mutuamente, única vía válida para poder salir de este círculo de desigualdad y pobreza en el que vivimos sumidos como naciones.