El Ecuador y el FMI

10 de Abril de 2019, por Pablo Dávalos


Una de las escenas más conmovedoras de Cien Años de Soledad es cuando Melquíades llega a Macondo y lo encuentra sumido en la peste del olvido. Luego de un largo periodo de insomnio, y cuando empezaron a constatar que ello los estaba llevando a perder la memoria, a José Aureliano Buendía se le ocurrió el recurso simple pero ingenuo de poner letreros a las cosas: “Esta es la vaca …”. 

Hay veces en las que me siento como José Aureliano Buendía. Para combatir el olvido, recurro a poner letreros a la realidad, como un tweet, o un post: “En 1999 tuvimos una crisis económica provocada por los neoliberales y el FMI…”.Y, efectivamente, la crisis de 1999 nos golpeó, como lo describiría uno de los más grandes poetas, con una fuerza “como del odio de Dios”. 

En retrospectiva, sabemos ahora que la crisis de 1999 se pudo haber evitado. Sabemos que su origen está justamente en aquello que hoy retorna al debate: la Carta de Intención con el FMI.  En efecto, en 1994 Alberto Dahik suscribió la Carta de Intención que nos llevó de forma directa a la crisis de 1999. 

En ese entonces, las voces disonantes contra el discurso neoliberal eran relativamente escasas. Pero los tiempos cambian. La sociedad ecuatoriana, luego de la crisis de 1999, sabe que el discurso del poder enmascara la realidad con sus propias prerrogativas. La sociedad es menos ingenua y más suspicaz. 

Sabemos ahora que el FMI representa al poder del capital financiero global y de la geopolítica de Estados Unidos. Sabemos que al FMI no le interesa en absoluto la recuperación económica de ningún país del mundo y que sus recetas son el camino más rápido al abismo. El registro que lo certifica es numeroso. Las voces autorizadas que lo critican también.

En mi libro más reciente, El Recurso de Tiresias, trato de comprender la forma por la cual el discurso económico del neoliberalismo crea una teoría de forma independiente y contrapuesta a la realidad. Siempre me he preguntado por ese trasfondo subjetivo que atraviesa y constituye a los economistas neoliberales y que los inmuniza contra la sociedad, contra la realidad, contra la ética y contra la justicia.

Los conceptos del neoliberalismo son conceptos tautológicos. No son conceptos científicos. El discurso económico neoliberal no trabaja con hipótesis, sino con verdades y las considera como la estructura misma de la realidad y, en ese sentido, hacen metafísica, porque otorgan un sustento ontológico a sus propias prescripciones. Todos aquellos que los cuestionan son susceptibles del anatema y son acusados de herejía y condenados al olvido o la exclusión. Si estuviésemos en la Edad Media, ellos serían los celosos guardianes del dogma y tendrían siempre listas las hogueras.

En El Recurso de Tiresias denomino “onto-teología política del capital” a este proceso por el cual los conceptos creados por el neoliberalismo se convierten en verdades teológicas imposibles de discutir. Para ellos, todos los que pensamos diferente, mentimos.

Pero hay una diferencia sustantiva entre los teóricos del neoliberalismo y nuestros neoliberales criollos. Los primeros, aunque hagan metafísica, de alguna manera realizan un esfuerzo teórico para legitimar y justificar sus prescripciones discursivas. Nuestros liberales criollos no llegan a tanto. Se parapetan en la contabilidad y manipulan las cifras de acuerdo a su propio canon de interpretación. Si fuesen más cultos se darían cuenta que aquello que hacen con las cifras es solo hermenéutica y, como sabemos, la hermenéutica es infinita. 

Pero no hay que presionarles demasiado, después de todo, son apenas turiferarios del poder. Su lógica de Tartufo se inscribe dentro de las coordenadas prescritas por ese poder. Más allá de eso se pierden en los laberintos de las complejidades de un mundo que los rebasa y al que rehúsan comprender.

Pero hay que decirlo con todas las letras: aquello que está en juego con la Carta de Intención con el FMI suscrita por el gobierno de Lenin Moreno en marzo del año 2019,  no tiene nada que ver con una cifra más o una cifra menos, o con la corrección de un supuesto desequilibrio fiscal. Está en juego la privatización de la infraestructura pública, un proceso avalado por el FMI y que de darse significaría una transferencia a manos privadas de más de 50 mil millones de dólares. Quizá el atraco más grande a los fondos públicos desde el retorno a la democracia. Está en juego la pretensión de las cámaras empresariales del país de explotar a los trabajadores a través de la flexibilización laboral. Está en juego la desinstitucionalización del Estado y el retorno al poder político de los grandes grupos empresariales. Y también está en juego la pervivencia de un esquema monetario sustentado en la dolarización de la economía.

Todos los economistas del Foro de Economía Alternativa y Heterodoxa coinciden unánimemente que esta Carta de Intención con el FMI, induce a la crisis, provoca desempleo, incrementa la pobreza, concentra el ingreso, desmantela al Estado, afecta derechos fundamentales y crea conflicto social. 
Siguiendo al filósofo alemán G.F. Hegel, Marx decía en el 18 Brumario que la historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa.

Evitemos que la historia, esta vez, se repita como farsa.