El suicidio de Alan García y del reformismo latinoamericano

22 de Abril de 2019, por Rafael Cuevas Molina

 


En el amplio espectro ideológico en el que se cobija la socialdemocracia y el reformismo político, el APRA fue, en sus inicios allá por la primera mitad del siglo XX, un partido próximo al marxismo, a la revolución y al antimperialismo. Víctor Raúl Haya de la Torre supo despertar simpatías entre intelectuales y políticos que, en los años treinta, se percataban del incontenible avance de los Estados Unidos sobre América Latina, y que entendían que había que ponerle un valladar antes que fuera demasiado tarde.

En ese contexto, el APRA se vinculó, a través suyo o de otros militantes, con la Revolución Mexicana, la resistencia de Augusto César Sandino  en Las Segovias de Nicaragua, y grupos de intelectuales representativos del antimperialismo de Guatemala, El Salvador y Costa Rica. Fue, por lo tanto, un emblema de una época en la que también otros intelectuales de izquierda hacían esfuerzos por identificarse con los sectores populares, señalar a sus enemigos fundamentales, asumir una actitud de unidad latinoamericana y pensar con cabeza propia.

Este último rasgo que mencionamos lo compartió en el Perú con José Carlos Mariátegui, de quien, sin embargo, tempranamente se separó ideológica y políticamente, en un viaje ideológico que, paulatinamente, lo fue llevando a escorar a posiciones cada vez más lejanas a las que originalmente lo convirtieron en un símbolo de la unidad antiimperialista latinoamericana.

La historia del devenir del APRA no es, sin embargo, un hecho aislado. Es, en general, la triste historia de los partidos que en América Latina podemos caracterizar como socialdemócratas o reformistas. Tal deriva hacia posiciones cada vez más conservadoras los hizo transformarse, como en Europa, en el instrumento que impulsó, en una primera etapa, las reformas neoliberales acordes con el Consenso de Washington.

En ese APRA cambiante y claudicante hubo algunos militantes, en su momento jóvenes, que se vieron como símbolos de lo que era el partido. En los años 20 y 30 del siglo XX, fue Esteban Pavletich, al que Haya llamó “el benjamín” de los apristas peruanos, que estuvo con Sandino unos meses en Las Segovias, y cuya influencia se puede apreciar en los escritos del guerrillero nicaragüense, entre otras, en la asimilación del concepto de Indoamérica.

Luego, en los años 70, ya en nuevas circunstancias, el nuevo “benjamín” fue Alan García, quien acompañó al líder histórico en su última batalla política en el Perú, cuando fue elegido a la Asamblea Constituyente, de la cual se convirtió en su presidente.

Habiendo sido lo que había sido el APRA, cuando Alan García pudo realizar el sueño, nunca concretado de su preceptor, de ser presidente del Perú, no fueron pocos los que tuvieron esperanzas que se podía estar ante un presidente con arrestos progresistas. Alan García, sin embargo, no solo no cumplió con esas expectativas sino que, además, ejerció su mandato en medio de constantes acusaciones de corrupción, una de las cuales, a la postre, lo llevó al suicidio.

Es simbólico este suicidio de una de las figuras emblemáticas de los partidos originalmente reformistas de América Latina. Políticamente, el partido que le cobijó se suicidó hace ya bastantes años, y su actual existencia no es más que el lento devenir hacia la nada, así como lo están viviendo otros partidos “hermanos” suyos: Acción Democrática (AD), de Venezuela; Liberación Nacional (PLN), de Costa Rica; o el Partido Revolucionario Institucional (PRI), de México, solo para citar algunos ejemplos.

El suicidio de Alan García es un paso más, de un enorme simbolismo sin embargo, del suicidio de estos partidos que, agotados en sus propuestas políticas, han derivado en fantoches que no son ni la sombra de lo que alguna vez fueron.