Tiempos modernos: ser vulgar es bueno

5 de Novembro de 2018, por Rafael Cuevas Molina


El título de nuestro artículo le hace un guiño al nombre de la icónica película de Charles Chaplin, y al dicho de Deng Xiaoping, el padre de las reformas políticas y económicas de liberalización de la economía socialista China, quien dijo “ser rico es bueno”.

El guiño alude a que hay un cambio fundamental, un “giro” (como aman decir hoy quienes pretenden estar teóricamente al día) en la vida política contemporánea; un giro que vuelve aceptable, bueno y hasta deseable lo que antes se rechazaba y era hasta condenable.

En la China anterior a Deng Xiaoping ser rico no era una opción, un horizonte al que se debiera aspirar sino todo lo contrario, era sinónimo de lo que no se quería, de lo que se había superado, de lo que se había dejado con grandes esfuerzos en el pasado.

“Ser rico es bueno” alude de forma magistral al giro copernicano que llevó a la China de vuelta al capitalismo, a su despegue económico espectacular y a la potenciación en su seno de todas las lacras que acarrea este sistema.

Nosotros no somos chinos y no manejamos de esa forma magistral los aforismos, pero como ellos quisiéramos poder sorprender aunque sea una de las dimensiones del giro en el que habría que inscribir el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos, de Víctor Orban en Hungría, de Jair Bolsonaro en Brasil, de Matarella en Italia…

La vulgaridad que se instaura en la vida política contemporánea no debe achacarse solamente a estos líderes “de nuevo tipo”, sino más en general a un ambiente de época que se expresa sobre todo en las redes sociales. Son dos niveles que se alimentan y legitiman mutuamente, contra lo que todavía se protesta pero que cada vez adquiere mayor naturalidad.

Hay, pues, una naturalización de la vulgaridad política que en las redes sociales se expresa sin dar la cara abiertamente, y que el político “trumpiano” no tiene empacho en proclamar a cara descubierta a los cuatro vientos.

Es una vulgaridad política que saca a flote y evidencia corrientes de pensamiento subterráneas que han estado siempre presentes pero no se manifestaban abiertamente, que se expresaban en corrillos y en los chistes entre amigos, en las murmuraciones cómplices, en las miradas de compinches.

Una corriente que cuando salió a flote y se entronizó públicamente en el poder dejó una estela de la que a los pueblos que la sufrieron les ha costado recuperarse decenas de años.

La vulgaridad dominante alcanzó niveles paradigmáticos con el fascismo. Sin querer ser aforístico, Albert Leo Schlageter, un icono del nacional socialismo alemán y del nazismo, dijo: “Cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola”.

Dos días después de su elección como presidente, Jair Bolsonaro instó en Brasil a los estudiantes a denunciar a los profesores que los estén “adoctrinando”, y quien será su ministro de educación valora retomar la visión creacionista en las escuelas.

No se trata solo de la educación y la cultura. Las mujeres y la población homosexual ha sido siempre blanco predilecto de estas ideas. En la España de Francisco Franco circulaban los manuales del ala femenina del falangismo que enaltecían a la mujer sumisa al servicio del varón y de los hijos, orgullosa de los pisos brillantes de su hogar.

Eso sucedió con el fascismo y lo que pasa ahora es una actualización. Por eso no está del todo desencaminado llamarle neofascismo, por lo menos en esta dimensión de lo ideológico y lo cultural.

Lo que ha sucedido con el fascismo debería hacer que pusiéramos las barbas en remojo. Pero somos de la única especia que tropieza dos veces con la misma piedra.