Pensar Honduras después de las elecciones

6 de Dezembro de 2021, por Rafael Cuevas Molina

Xiomara Castro - Foto: Yoseph Amaya/Reuters
Xiomara Castro - Foto: Yoseph Amaya/Reuters

Honduras elige como presidenta a Xiomara Castro inmersa en una aguda problemática integral de su proyecto nacional.

Doce años después de haber inaugurado en América Latina la época del lawfare con el golpe de Estado a Manuel "Mel" Zelaya, esposo de Xiomara Castro, la actual candidata victoriosa en las elecciones del pasado domingo 28 de noviembre, en Honduras triunfa una opción que puede inscribirse dentro de la tendencia de los gobiernos progresistas que han venido existiendo en distintos países de nuestro continente desde el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela en 1998.

Desde entonces, las campañas electorales han venido repitiendo una serie de patrones más o menos invariables en todos los países: acusaciones de "castrochavistas" a las opciones progresistas, lo que implica catalogarlas como engañosamente democráticas pero realmente aspirantes a instaurar dictaduras, empobrecedoras, corruptas, aliadas del narcotráfico y con una agenda inmoral contraria a los valores de la familia tradicional.

Este repertorio electoral se complementa después con una oposición que no deja de lado ese tipo de acusaciones, pero que pasa a poner en práctica las acciones que propone el manual del golpe blando de Gene Sharp combinado con presiones externas, protagonizadas por los EEUU y la Unión Europea, que inicia un paulatino y cada vez más profundo proceso de sanciones que van asfixiando la economía para tratar de poner de rodillas al gobierno díscolo.

Honduras elige como presidenta a Xiomara Castro inmersa en una aguda problemática integral de su proyecto nacional. Formando parte de lo que se conoce como el Triángulo Norte centroamericano, comparte con Guatemala y El Salvador una nefasta herencia de los "años de la guerra", pobreza extrema generalizada al ser uno de los países más pobres de América Latina, una situación de extendida violencia que la sitúa entre los países más violentos del mundo, corrupción comprobada de su élite política, de la cual algunos de sus más conspicuos miembros han sido apresados,  juzgados y condenados en los EEUU, alta conflictividad social urbana y rural, y un dramático fenómeno de expulsión de su población, que se encuentra cercada en ese cuadro de violencia y pobreza, y que parte en oleadas hacia el norte. 

Teniendo presente este cuadro de situación, mal haríamos en pensar que la elección de Castro responde a una inclinación ideológica de los hondureños hacia la izquierda. Como lo han mostrado estudios de años recientes, poblaciones que se sienten marginadas y desamparadas tienden a ser muy volátiles en sus opciones electorales, y pueden fácilmente oscilar entre propuestas que se encuentran en las antípodas de la oferta ideológica.

Lo que la gente está buscando desesperadamente son soluciones que les hagan la vida más llevadera, y en esas circunstancias tienden a aferrarse, sin mayores lealtades partidarias o ideológicas, a las ofertas electorales que parecen ponerles atención y presentan algún atisbo de que, en el futuro cercano, cumplirán promesas.

Es, por lo tanto, un cuadro complejo: Tratar de encontrar soluciones implica cuestionar el modelo de desarrollo vigente, y es ahí en donde opciones progresistas como la de Xiomara Castro de encontrará con obstáculos como los que hemos descrito arriba.

No queremos ser aves de mal agüero, todo lo contrario: deseamos fervientemente que Honduras pueda encontrar una senda que la saque del pantano en el que se encuentra estancada, pero estando como está en una región tan sensible para los EEUU, teniendo a vecinos, como Guatemala, en la que hay élites que se horrorizan con el resultado de la opción elegida por los hondureños y ponen las barbas en remojo, y teniendo como antecedentes no solo lo que ya ocurrió ahí mismo en el 2009 sino también, a partir de entonces, en toda América Latina, es importante estar alertas a lo que pueda suceder en el futuro. 

Hay que estar atentos.