Venezuela sigue

1 de Agosto de 2022, por Rafael Cuevas Molina


 Mientras las fuerzas revolucionarias se mantengan unidas, no habrá quien pueda derrotarlos

He estado esta semana que termina en Venezuela. La última vez en la que había viajado ahí fue a finales de octubre de 2019, invitado por la Feria Internacional del Libro que se realizó en Caracas, una ciudad que mostraba en su piel los rastros del asedio al que la estaban sometiendo, y no podía ser para menos: de 4.000.000 millones dólares que exportaba mensualmente antes del bloqueo, pasó a exportar 400 millones anuales. Aun así, la situación no era tan mala como la pintaban los medios de comunicación de todo el mundo. Por eso, me dediqué a sacar fotografías de supermercados y actividades públicas como testimonios que divulgué en mis redes sociales.

Como se sabe, en el país se han tomado algunas decisiones que han prácticamente detenido la hiperinflación que sufría y, además, la coyuntura política actual ha obligado a que el bloqueo norteamericano y europeo se afloje. Los resultados están a la vista, y la ciudad retoma una normalidad aún precaria, pero que le permite respirar.

Venezuela, a pesar de ser un país inmensamente rico en riquezas minerales, es sumamente vulnerable por su casi total dependencia de las exportaciones de petróleo. Si las exportaciones de ese recurso se cierran, prácticamente se detiene el grifo de los ingresos de divisas al país. En Venezuela siempre se tuvo conciencia que, como decía Uslar Pietri, había que sembrar el petróleo, en alusión a la necesidad de diversificas la base productiva y exportadora del país, pero teniendo esa inmensa riqueza petrolífera tan a la mano y tan abundantemente, siempre fue prácticamente imposible desarrollar otras ramas de la industria o de la agricultura. 

Eso hizo a Venezuela casi totalmente dependiente de las importaciones. En una mesa normal de un venezolano de clase media de hace veinte años había mayonesa colombiana, mantequilla argentina y mermelada francesa. Los arbolitos para celebrar la navidad se importaban de Canadá, el pavo para la cena de fin de año de los Estados Unidos, y, en el consumo suntuario, se decía que hasta para tomar el güisqui se importaba agua de Escocia.

Así que, si de pronto se impide que el país exporte petróleo, es lógico que la economía se derrumbe. Pero, además, los Estados Unidos y Europa no solo no permiten la exportación de petróleo, sino que han “embargado”, dicen ellos, robado, decimos nosotros, los mil millonarios depósitos bancarios venezolanos en su sistema financiero, y los ingleses, después de desconocer al gobierno, se quedaron con el oro que el país tenía depositado en ese país.

Recuérdese que, además, hubo un asedio que implico mantener bandas paramilitares en la frontera con Colombia, ataques y atentados como el desembarco de mayo del 2020 y el show en el puente internacional de Tienditas en la frontera colombo-venezolana, el atentado con drones contra el presidente Nicolás Maduro y miles de actos de sabotaje a la red eléctrica nacional e instalaciones petroleras. 

Es decir, una guerra en toda forma que trajo el deterioro de las condiciones de vida de la población y que llevó a una migración de grandes proporciones. 

Todo eso se veía en la Venezuela que visité hace poco más de dos años y medio, y por eso verla recuperarse, ser testigo de la voluntad de resistir de su pueblo es una gran satisfacción. Mientras las fuerzas revolucionarias se mantengan unidas, no habrá quien pueda derrotarlos.