Donald Trump, presidente de EEUU

23 de Novembro de 2016, por José Carlos Valenzuela Feijóo

 


 I

Trump ya es presidente electo. Con ello, el denominado “stablishment” (los que administran el poder) ha sufrido una derrota brutal.

Los encuestadores también: se ha mostrado que no buscan reflejar opiniones sino influir en las preferencias electorales: ahí está su gran negocio. Para eso les pagan, para decir que el que va arriba va abajo y viceversa. Y si hay algún ingenuo que pretende reflejar las auténticas opiniones de la gente, es evidente que es tremendamente inepto: poco o nada sabe de muestreos, encuestas, controles, etc. En breve, debería volver al colegio. En otras palabras, el mundo de las encuestadoras se mueve entre los supinos ignorantes (una muy pequeña minoría) y los grandes sinvergüenzas.

La campaña electoral también ha mostrado algo a subrayar: los grandes medios de comunicación (televisión, radio, prensa, etc.) se han abalanzado como perros de presa en contra de Trump. Y se ha visto lo que es una dictadura mediática (semejante a la que se experimenta en  México) y la pretendida teoría de la objetividad y neutralidad de la prensa que siempre han esgrimido los grandes medios –como el New York Times, cadenas como la CBS y otros- es algo del todo mentiroso. Claro está, se trata de una mentira que no es piadosa sino un pilar clave en el mecanismo de penetración-expansión de la ideología dominante en la conciencia de los de abajo.

En el modelo del capitalismo neoliberal, la fracción capitalista dominante es la del gran capital financiero-especulativo y no la del capital industrial productivo. Es dicha fracción la que impone el estilo del desenvolvimiento y el tipo de política económica. Lo que suele traducirse en bajos ritmos de crecimiento, una distribución del ingreso muy regresiva y una alta inestabilidad macroeconómica. En Estados Unidos, el patrón de acumulación neoliberal pasa a imponerse a fines de la década de los setenta. Reemplazó al vigente desde Roosevelt, el que empujó altos ritmos de crecimiento, cierta mejoría en la distribución del ingreso y una conducta cíclica más o menos suavizada. O sea, patrones de conducta económica bastante diferentes (casi en las antípodas) de los que tipifican al esquema neoliberal.

¿Qué rasgos han tipificado al estilo neoliberal en los Estados Unidos?

Limitándonos a lo más elemental, demos un muy breve vistazo a la información básica. Primero, una muy fuerte elevación de la tasa de plusvalía: pasa desde 1.76 en 1978 a 4.22 en el 2014. Un salto que es muy poco frecuente en esta variable. Entre 1978 y 2014 la productividad hora se eleva en un 91.1% (1.8% anual) y el salario real cae un 1.2%.  La disparidad es muy elevada y ello explica el salto en la tasa de plusvalía. Segundo, y asociado a lo dicho, una distribución del ingreso y de la riqueza bastante regresiva. Como es típico del neoliberalismo, la clase obrera ve recortado fuertemente sus niveles de vida. El salario real llegó en la década de los setentas del siglo pasado a su nivel máximo.  Desde ese período empezó a caer y todavía en el 2015 no recuperaba ese nivel. Correlativamente, la concentración del ingreso en la clase capitalista se elevó. Y dentro de ésta, el 1-3% más rico de los capitalistas concentró enormemente el ingreso y la riqueza (activos).

Tercero: el desempleo fue de 4.51% en el período 1950-59 y subió a 7.58% en el 2010-2015. A la vez, la duración del desempleo se alargó pasando de una media de 12 semanas en 1972 a 33 semanas en el 2010. En 1972, los desocupados por un lapso superior a las 27 semanas (medio año) llegaban al 11.2% de los desocupados. En el 2010 el porciento llegaba a un 43.3%.

Finalmente, tenemos un notorio achicamiento en los ritmos de crecimiento del PIB. Este crecía al 3.9% anual entre 1940 y 1970. Y bajó a una tasa del 2.7% anual en el período 1980-2014.

 Dicho lo anterior, nos podemos preguntar: ¿cuál es la finalidad última del estilo neoliberal? ¿Cuál es su razón de ser o racionalidad, para el capital? Apuntando a lo más esencial, debemos decir: se trata de atacar a fondo a la clase obrera, reducir fuertemente su peso político y poder de regateo, bajar su salario real relativo (respecto al Ingreso Nacional) y elevar la tasa de plusvalía. Satisfecho estos fines, pierde su razón de ser. Algo que sobradamente ya se ha cumplido en Estados Unidos. 

Esta hipótesis, la del agotamiento del modelo neoliberal –si se quiere, de su caducidad histórica- se puede comprobar también por otras vías.

Las oscilaciones cíclicas –fases de ascenso económico seguidas por fases de descenso- son un fenómeno inherente al régimen capitalista. En la fase de auge, la inversión crece y el producto también, a buen ritmo. La desocupación (el famoso “ejército de reserva industrial” de Marx) se reduce y suben los salarios. Al cabo, emergen diversos problemas que desembocan, por uno u otro sendero, en un descenso de la tasa de ganancia. Con ello, se atasca la inversión y empiezan a caer los niveles de la actividad económica. O sea, empieza la fase de recesión de la curva cíclica. En ésta, los problemas que provocan la crisis, empiezan a suavizarse para luego desaparecer. Es como si el sistema se hubiera hecho una purga y recuperado la salud. La tasa de ganancia se recupera, los capitalistas vuelven a sentirse optimistas y elevan sus gastos de inversión. La economía, en consecuencia, vuelve al crecimiento y a generar empleos. Como apuntara W. Mitchell, el gran economista estadounidense, “el auge genera la recesión y ésta provoca el auge”. Y así, una y otra vez.

También sucede, muy de vez en vez, que emergen crisis “mal comportadas”. En este caso, la fase recesiva no es capaz de cumplir sus funciones profilácticas. No es capaz de recomponer las condiciones de valorización del capital y la ulterior recuperación resulta anémica: la acumulación es débil y el crecimiento económico muy bajo. Se abre, de hecho, una situación que se aproxima o es de cuasi-estancamiento. La producción, en vez de seguir una trayectoria cuya forma recuerda a la letra “u”, asume una forma que recuerda a letra “ele” mayúscula. Y esto es lo que ha venido sucediendo luego de la gran crisis del 2007-2009, tanto en Estados Unidos como, con mayor fuerza, en Europa.

Un ciclo económico “mal comportado” es signo de una crisis mayor. Más precisamente, de una crisis del patrón de acumulación vigente. Nos está indicando que las mutaciones que provoca la fase recesiva del ciclo, ya no bastan para recuperar la inversión y el crecimiento. Por lo mismo, que se necesitan cambios de orden mayor. A veces –sólo en muy contadas veces- estas crisis pueden dar lugar al paso de un modo de producción a otro (del capitalismo al socialismo), pero en la mayoría de los casos, el cambio va desde una forma de funcionamiento del capitalismo a otra forma de funcionamiento del mismo sistema. O sea, lo que se denomina cambio en el patrón de acumulación.  

La evidencia empírica tiende a confirmar lo indicado. El proceso de “recuperación” ha sido muy débil y se asemeja a una situación de “cuasi-estancamiento”. El PIB, que cayó un 2.8% en el 2009, subió un 2.5% en el 2010, un 1.6% en el 2011, un 2.2% en el 2012, un 1.5% en el 2013 y un 2.4% en el 2014. Entre el 2010 y el 2014, el promedio anual simple fue de 2.0%. En cuanto a la Inversión Bruta Fija, llegó a 2,662.5 billones de dólares constantes en el 2006. En el 2014 a 2608.1 billones. O sea, un descenso absoluto (en índices, pasa de 100.0 a 98.0). El empleo privado llego a 137.9 millones en el 2007 y en el 2014 a 139.0 millones: crece un raquítico 0.8% en esos 7 años. Valga agregar: en Europa la fase de post-recesión ha sido aún más anémica que la de Estados Unidos. En el período 2007-2014, en los países desarrollados el PIB crece al 0.8% anual, en EEUU al 1.1% y en la Unión Europea al 0.5% (en el Reino Unido, que se acaba de salir de la UE, la tasa media es del 0.9%). Para el conjunto de los países que integran la zona euro, se ha señalado que su PIB por habitante pasó desde 30,294 euros en el 2007 a 29,752 euros en el 2015.

Un aspecto que resalta con singular fuerza es el de la inestabilidad. Los “teólogos” neoclásicos siguen creyendo que en los mercados funciona un poder homeostático muy singular: si surge alguna desviación o problema, el sistema reacciona automáticamente y conduce las variables económicas a una nueva situación de equilibrio. Pero lo que nos enseña la realidad –a todos los que no son teólogos del credo walrasiano- es que el sistema se desequilibra y descompone una y otra vez. Fenómeno que se agrava en ausencia de una intervención estatal reguladora capaz de suavizar la tendencia a la inestabilidad. La inestabilidad, en relación al PIB, ya era elevada en el tramo 2002-2007. Y se multiplica casi por 3 en el período 2010-2015. En cuanto a la inversión, la situación es mucho peor: el coeficiente de variabilidad pasa desde casi un 100% a un nivel superior al 500%. Se multiplica por 5.2 veces en el periodo. En suma, menor crecimiento y mayor inestabilidad.

La conclusión parece clara: la crisis del 2007-2009, no fue capaz de resolver los problemas del sistema y ya debemos hablar de un “ciclo económico perverso”. Por ende, crisis terminal del modelo neoliberal.

II

La economía puede reclamar por el cambio. Pero si esta necesidad no se traslada primero al plano ideológico y luego al plano político, el cambio no tendrá lugar. Si así son las cosas, los países caen en una especie de “pantano histórico”, en que cunde la descomposición económica, política y moral. En Estados Unidos, el fracaso neoliberal no es una novedad. Tampoco el creciente descontento de las capas medias y asalariadas. Lo que sí lo es, es el traslado de ese descontento a la política. El sistema ha perdido legitimidad y los políticos tradicionales han perdido credibilidad. La gente no les cree y los rechaza. Y cuando se encuentran con un personaje como Trump, que a veces no tiene pelos en la lengua y no vacila en sostener lo que el poder oficial califica como “políticamente incorrecto”, la gente se va con él. Y se debe subrayar: buena parte de la cúpula republicana no estuvo con Trump. Más bien al revés, lo repudió.

Históricamente, la legitimidad y estabilidad del régimen político en Estados Unidos, ha sido especialmente elevada. En el polo desarrollado del sistema, sólo Inglaterra se le puede comparar. Y valga insistir: saltar de la crisis económica neoliberal a la crisis política no es algo sencillo. Y menos en Estados Unidos. Además, siendo todavía EEUU la primera super-potencia mundial, el efecto de irradiación –o de “palitroque”- que tendrá en el resto del mundo será muy fuerte. Desde ya se puede asegurar que, en Europa, el repudio nacionalista de derechas al credo neoliberal se extenderá como tromba.

También se debe advertir: en Estados Unidos el proceso para nada será fácil. El bloque neoliberal encabezado por Wall-Street todavía es muy fuerte. Y detrás de Trump no existe una organización política sólida. Por ahora, sólo hay votantes enojados: lo que no es poco, pero también es insuficiente.

¿Qué pueden esperar los asalariados del gobierno de Trump? Supongamos que el programa económico se cumple (algo que no es seguro). Esto implicaría que los salarios reales, inicialmente (los dos primeros años), se eleven en torno a un 5% y que también lo hace la ocupación industrial. Con ello, la participación salarial (salarios sobre Ingreso Nacional) debería subir. Pero difícilmente se puede esperar una modificación muy sustantiva: es posible que el PIB se eleve en 6-7% o más en el bienio inicial. Lo cual, dada la experiencia neoliberal, es algo para nada insignificante. Al revés, estaríamos en presencia de un cambio significativo en las tendencias históricas, lo que mucho debería elevar el apoyo popular a Trump. Como también se proyecta elevar drásticamente los aranceles externos, se darían las condiciones para un fuerte proceso de sustitución de importaciones (chinas) por producción nacional. En EEUU podemos suponer que la elasticidad de respuesta de la oferta interna es alta, en especial porque la actual tasa de utilización de las capacidades de producción gira en torno a un 75% o menos. Con todo, pudiera darse una leve presión inflacionaria, la que bien manejada (no con criterios ortodoxos) pudiera abaratar los créditos y favorecer la inversión industrial.

Trump ha prometido una reducción sustancial de los impuestos al capital. Pero éste no reaccionará si la tasa de interés cae y tampoco con menores impuestos. Lo que necesita es una mayor demanda. Para ello, ayuda el crecimiento salarial, la reducción del coeficiente de importaciones (reemplazar las importaciones por producción nacional) y el mayor gasto estatal en obras de infraestructura que se han ofrecido. Pero todo esto, será insuficiente.

La clave radica en el problema de realización que genera el neoliberalismo. Precisemos el punto: si la tasa de plusvalía es igual a 4, el excedente o plusvalía potencial será equivalente a un 80% del Ingreso Nacional. Asimismo, que los asalariados productivos compran un 20% del producto agregado. Pero, ¿quién compra el resto? ¿Qué tipo de gastos pueden funcionar como factores de realización del plus-producto? Los rubros básicos son: 1) inversión, que conviene dividir en bienes de consumo y bienes de capital; 2) Consumo capitalista; 3) gastos del gobierno; 4) otros gastos improductivos (comercio publicidad, banca); 5) consumo asalariado basado en deuda; 6) saldo externo: exportaciones menos importaciones. Si hubiera una salida demo-burguesa progresista, del tipo de Roosevelt y el New Deal, bajar la tasa de plusvalía a un nivel manejable (digamos de cuatro a tres o menos) y crecer en función del Departamento II de la economía (bienes de consumo), sería un factor clave. Pero con una ruta de nacionalismo de derecha, los rubros claves a dinamizar deberían ser el 1) y el 6). Los gastos del Gobierno, difícilmente se elevarán por el lado civil. Sí pueden subir por el lado del gasto militar.  

En lo grueso, los rubros claves deberían ser la inversión y el saldo externo. Este último, ahora es muy deficitario y debería cambiar de signo. Algo muy difícil de lograr pues supone dinamizar las ventas al extranjero en un mundo cuasi estancado y que desea hacer lo mismo. Lograrlo implica “amarrar” regiones que compren casi en exclusividad bienes estadounidenses (una especie de neocolonialismo) y, a la vez, restringir fuertemente las importaciones. Trump pretende imponer impuestos prohibitivos a las importaciones de China y México (¿un 35%?), recortar pagos a la OTAN, eliminar o renegociar algunos tratados comerciales, etc. Esta ruta, de seguro puede generar fuertes fricciones en el plano internacional. Especialmente con China. En cuanto a la inversión, pasa a ser clave y como no cabe esperar un fortísimo salto en los salarios (o mover la tasa de plusvalía desde 4 a 3 o menos), debería concentrarse en el sector productor de máquinas y equipos, en especial en la industria militar.

Como lo muestra la experiencia histórica acumulada, conflictos económicos como los esbozados, suelen desembocar primero en fuertes conflictos políticos y luego, en las clásicas guerras por una nueva repartición de los mercados externos y zonas de influencia privilegiada. Algo que no debería extrañar si recordamos el antiguo apotegma: “la guerra es la continuación de la política por otros medios.” Con la señora Clinton apuntando a Rusia, una guerra de orden mayor habría sido inminente. Con Trump, puede surgir en un plazo algo más distante. Pero el punto a subrayar es no creer que las guerras son frutos de la voluntad personal de tal o cual dirigente político. Las guerras responden a causas objetivas, profundamente ancladas en el sistema del capitalismo monopólico. Por lo mismo, no se resuelven cambiando a tales o cuales dirigentes políticos, sino cambiando al sistema que las origina.

Para terminar esta nota, digamos que entre otras grandes preguntas que aquí ni hemos planteado, hay una que en México todos se hacen: ¿cómo afectará al país el nuevo gobierno? Si Trump cumple bien su programa, el modelo neoliberal mexicano debería derrumbarse. Muy malo para el 2-5% de la población que de él se ha beneficiado ampliamente. Segmento que está muy consciente de ello. Y muy bueno para el 95-98% restante que ha sufrido brutalmente con dicho experimento. Esto, pese a que la propaganda diga lo contrario. O sea, se abriría para el pueblo mexicano una gran oportunidad para volver a respirar y recuperar su libertad. Hoy, la capacidad para aprovechar esta crisis y avanzar a una estrategia anti-neoliberal y popular, resulta un tanto dudosa. Mañana, pudiera ser diferente.

 

[1] Depto. Economía, UAM-I. Esta nota sintetiza una parte de lo tratado en nuestro libro “¿De la crisis neoliberal al nacionalismo fascistoide?” CEDA-UAMI, noviembre 2016.