Elecciones en Costa Rica

11 de Janeiro de 2022, por Rafael Cuevas Molina


Foto: Reuters
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En un mes, Costa Rica acudirá a las urnas. Como cada cuatro años, los costarricenses realizan una verdadera fiesta cívica para elegir autoridades del poder ejecutivo y de la Asamblea Legislativa.

Parece que el puesto que dejará vacante Carlos Alvarado es muy apetecido, porque desde 1930 no se presentaban tantos candidatos para sustituirlo: 25. Seguramente uno de los factores que han incidido en esta situación es el hecho que existe la percepción de que cualquiera puede terminar accediendo a la presidencia. En efecto, en las elecciones pasadas, el actual presidente se encontraba en la cola de las intenciones de voto hasta que, a menos de un mes de las elecciones, una decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos puso sobre el tapete el tema del matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo, lo que llevó a una polarización del electorado que, al final, terminó llevando a Alvarado a la silla presidencial.
 
Para poder gobernar, el actual presidente decidió aliarse con fuerzas de la derecha tradicional. A contrapelo de lo que muchos de los que lo eligieron esperaban de él, su gobierno impulsó una serie de leyes que pusieron en jaque a la cada vez más golpeada clase media, y dejaron indemnes a los grandes capitales. Teniendo la posibilidad de solventar una creciente crisis fiscal con recursos sanos propios, lo cual le fue propuesto reiteradamente a lo largo de su mandato, prefirió recurrir al apoyo envenenado del Fondo Monetario Internacional que otorgó un préstamo que se encuentra condicionado a la aprobación de una serie de leyes que, como es la costumbre en estos casos, da una vuelta más al torniquete que tiene acogotados a los costarricenses.
 
En medio de este panorama, el espectro ideológico de las candidaturas para las elecciones del próximo seis de febrero es predominantemente de derecha. Hay matices, pero su espacio ideológico político natural es el del status quo neoliberal. En el país, desde 1940 ha habido solamente dos momentos en los que se puede decir que hubo propuestas programáticas de largo aliento: el que se inició en 1940, que dió como resultado un período de alrededor de treinta años de reformismo socialdemócrata que construyó un Estado de bienestar; y el que se perfiló en la década de los ochenta del siglo XX, cuando ante el agotamiento de ese modelo dio inició al reperfilamiento hacia el neoliberalismo, que persiste hasta nuestros días.
 
Es en el marco de ese modelo que se ubica la abrumadora mayoría de propuestas que compiten hoy por la presidencia y la Asamblea Legislativa. Las pocas excepciones a esta tendencia mayoritaria tienen, según las encuestas publicadas hasta ahora, poco apoyo popular. La de mayor arrastre, la del partido socialdemócrata Frente Amplio, logra a veces colarse entre las cuatro preferencias principales, pero nada hace pensar hasta ahora que logrará colarse en una casi segura segunda ronda que deberá llevarse a cabo en abril.
 
En Costa Rica, los sectores progresistas y de izquierda no han logrado hacer una propuesta unitaria desde hace muchos años. Arrastran tras de sí las heridas de las desavenencias que llevaron a la ruptura del partido comunista, el partido Vanguardia Popular, a inicios de la década de los 80. Sus divergencias ideológicas, que se concretan en las acusaciones mutuas, tantas veces repetidas en toda América Latina, de reformistas o dogmáticos, reverdecen al calor del proceso electoral y dejan la cancha libre a quienes, sin mayores ínfulas ideológicas, se aprestan a darle una vuelta más al tornillo que tiene al país como uno de los más desiguales del mundo.
 
Ese es el panorama general con el que Costa Rica recorrerá el último mes de campaña. Nada hace pensar, hasta ahora, que vaya a suceder algo similar a las elecciones pasadas, en las que un acontecimiento inesperado llevó a una recomposición radical del tablero electoral.