Movimiento Pachakutik: El difícil aprendizaje de ser poder

20 de Maio de 2021, por Pablo Dávalos

 


Cuando se inició el ciclo político de la revolución ciudadana en el año 2007, la legislatura, sin duda el espacio político más importante para acuerdos, debate y discusión, se convirtió en apenas un apéndice del poder. En efecto, en ese entonces la revolución ciudadana acumuló tanta energía política que pudo convertirla en capacidad hegemónica y, a través de sucesivas elecciones, pudo mantener el control absoluto desde la función ejecutiva sobre todas las funciones del Estado, que incluye, por supuesto, la función legislativa.

Con una mayoría absoluta en la Asamblea, las negociaciones, que por definición son inherentes a cualquier Parlamento del mundo, se convirtieron en irrelevantes y, en el mejor de los casos, en simulacros. La revolución ciudadana se apalancó en el Estado para consolidar su propia hegemonía política. El gasto y la obra pública, en realidad, eran dispositivos políticos para acumular energía política y convertirla en capacidad hegemónica. Esa capacidad hegemónica pasaba por la minimización del adversario ya sea por su cooptación o destrucción. Es desde esa dinámica que debe comprenderse la lógica amigo/enemigo que caracterizó a la revolución ciudadana y que exacerbó tanto a la sociedad. La revolución ciudadana nunca abrió ningún resquicio para el diálogo o debate político por fuera de sus propias prescripciones. Fue dura y radical con sus militantes a quienes no permitía la más mínima disidencia. Ese ciclo y esa praxis política, en las elecciones de 2021, se terminaron.

El país ahora, entre absorto y perplejo, no sabe qué hacer con una legislatura que poco a poco empieza a recuperar su capacidad de negociación y parlamento. En una democracia representativa es normal el impasse y el cortocircuito en el parlamento. Está hecho para eso. Pero más de una década de hegemonía absoluta de un solo partido político le pasan factura a la sociedad que observa con asombro cómo su clase política llega a acuerdos supuestamente imposibles. Sin embargo, lo que más asombro le produce al país es que el sujeto político fundamental de esta coyuntura sea un sector social y político al que siempre lo había considerado marginal y como parte del paisaje: el movimiento indígena, y al que, según parece, aún no entiende.

Hace algunos meses era muy difícil pensar que el movimiento indígena se convierta no solo en el principal movimiento social del país, sino también en el más importante actor político nacional. El movimiento indígena era reconocido por su capacidad de movilización y por su radicalismo en contra de la agenda extractiva. En los gobiernos autónomos descentralizados de la sierra, también era reconocido porque habían desarrollado políticas públicas que les garantizaban reconocimiento social por parte de sus electores. Pero nunca se lo consideró como actor determinante del sistema político. Ahí los roles ya estaban distribuidos: de una parte la derecha con sus caudillos y, de otra, el caudillo de la revolución ciudadana. No había espacio en el imaginario social para que pueda caber otra opción.

Pero todo cambió con las elecciones de 2021 que convirtieron al movimiento indígena en el actor político más importante del sistema político ecuatoriano, por vez primera, además, desde su fundación como república en el siglo XIX. ¿Cómo pudo un movimiento casi marginal del sistema político convertirse en su actor más importante? La respuesta la da la historia: Octubre de 2019. Fue ahí, en ese acontecimiento, cuando se generaron las condiciones de posibilidad para su posterior emergencia como sujeto clave de la coyuntura electoral. Se puede apreciar la importancia de Octubre-19 por un paralelismo de la historia contemporánea: Chile. Si la izquierda y el movimiento social chileno derrotan a la derecha y pueden captar cerca de cuatro quintas partes de la Asamblea Constituyente en las elecciones de 2021, fue por la contundencia del estallido social de octubre de 2019. Lo mismo puede decirse de Colombia. Así, fue la lucha social de octubre-19 la que creó la energía política necesaria que casi puso al movimiento indígena en el balotaje de las elecciones de 2021. De ahí su fuerza.

Sin embargo, hay algo que aún no cuadra dentro del sistema político ecuatoriano y tiene que ver con la estructura misma del movimiento Pachakutik. Para la clase política ecuatoriana este movimiento es indescifrable y, por lo tanto, duda de ese movimiento político porque aún no aciertan a comprenderlo y desentrañarlo. Poco a poco ahora la sociedad puede discriminar entre la estructura social, la CONAIE, y la política, Pachakutik. Hasta hace algunos meses la clase política, y en general el país, confundía ambos procesos. Ahora se sabe que Pachakutik es el brazo político de la CONAIE. Se sabe eso, pero no se sabe aún qué mismo es la CONAIE y cuál es su proyecto histórico.

La clase política piensa que todo movimiento político debe tener las mismas coordenadas epistemológicas y ontológicas, y no le cabe en la cabeza que alguien pueda ser diferente. La incomprensión sobre Pachakutik se debe a la incomprensión sobre la CONAIE. Por eso, para intuir a Pachakutik hay que discernir a la CONAIE y, al menos, sus coordenadas más básicas, y quizá la primera de ellas tiene que ver con el hecho que el movimiento indígena no es un actor social sino un sujeto histórico-político cuya epistemología radica en aquello que el filósofo francés Gilles Deleuze denomina la Diferencia. Si la Diferencia atraviesa y constituye al movimiento indígena es absolutamente normal que ese rasgo caracterice también a su movimiento político.

En consecuencia, una primera intuición sobre Pachakutik es que no es un partido de masas, tampoco es un partido leninista, no es un partido de cuadros y tampoco es una estructura caudillista y, menos aún, una estructura política previamente ordenada, disciplinada, obediente y susceptible de ser convertida en maquinaria electoral, como la revolución ciudadana por ejemplo. Tampoco es un partido atravesado de purismos ideológicos porque a su interior cohabitan muchas disidencias aunque la mayoría son mal o bien antisistema. Más bien es pragmático a la hora de tomar decisiones importantes y lo demuestra su praxis en los gobiernos territoriales. Tampoco es un partido étnico, su principal base electoral son los sectores subproletarios de las ciudades y los sectores rurales. De su bloque parlamentario, solo una minoría son indígenas, la mayoría provienen de sectores populares y, en muy pequeña proporción, de las clases medias. Tampoco se consideran un partido vanguardista, porque esa visión no existe en el mundo indígena.

Si algo caracteriza a Pachakutik es su desapego a toda forma caudillista, disciplinada y rígida de poder. Definitivamente es un movimiento diferente a todos los partidos y movimientos del sistema político. En su historia política, sus primeros años fueron dominados por un pequeño grupo de políticos mestizos que quisieron convertirlo en un partido leninista. A la larga fueron expulsados de la organización y cubiertos de anatema. Esa experiencia le creó anticuerpos a Pachakutik para no permitir nunca más un grupo de iluminados que les ordenen lo que tienen que hacer, decir y pensar.

Al no haber caudillos, tampoco hay liderazgos fuertes. En consecuencia, en todo momento pueden surgir liderazgos que pueden ser fuertes producto de las efímeras circunstancias que los constituyen pero que se desvanecen con la misma rapidez con la que se formaron. Esta característica es única y permite el recambio permanente de cuadros políticos. Pachakutik es, de hecho, el partido con el mayor recambio generacional de cuadros políticos de todo el sistema político del país. Todos los partidos políticos tienen líderes y caudillos que provienen incluso desde los años ochenta del siglo pasado. El propio candidato a la Presidencia de Pachakutik en el año 2021 y con el cual casi llegaron al balotaje, Yaku Pérez, no pudo convertirse en un caudillo de Pachakutik y a la larga terminó desafiliándose del movimiento.

Su principal experiencia como movimiento político ha sido en los gobiernos territoriales, no obstante, muchos políticos que ganaron con el movimiento Pachakutik en esas elecciones y pudieron dirigir un gobierno autónomo, luego soltaron amarras y armaron su propio andarivel, algunos con relativo éxito pero todos ellos, una vez fuera de Pachakutik, nunca tuvieron trascendencia nacional.

En la Asamblea Nacional su presencia, hasta las elecciones de 2021, siempre fue marginal y nunca pudo convertirse en el fiel de la balanza. Sus asambleístas tuvieron un rol de lo más contradictorio, mientras unos eran radicales contra las medidas del gobierno y votaron en contra, otros votaron o a favor o se abstuvieron. Por ello, para algunos sectores ciudadanos había la percepción que se habían sumado al gobierno aunque era evidente que la organización social CONAIE se había convertido en la oposición social más radical a ese gobierno.

Sin embargo, una estructura así, tan inasible, tan proteica, es imposible de asumir para el sistema político liberal que necesita partidos políticos construidos y definidos bajo el oxímoron del centralismo democrático. En las negociaciones parlamentarias los partidos políticos tradicionales necesitan certezas y asambleístas que antepongan la disciplina a la ética y la inteligencia. Solo de esa manera se construyen acuerdos legislativos consistentes. Por eso algunos militantes de izquierda, de otros partidos políticos, tienen que hacer acrobacias éticas y tragar ruedas de molino para justificar votaciones que, supuestamente, son incompatibles con su trayectoria y con sus ideas.

Pero Pachakutik es diferente. Ahí no hay esos militantes disciplinados que votan ciegamente por las órdenes de sus líderes o caudillos, sino que se mueven casi siempre por el consenso y en el cual la opinión de cada uno de ellos cuenta. Cuando sienten que la organización social CONAIE está cerca de ellos, es cuando más consistentes son en sus decisiones y cuando más posibilidades de certeza en su actuación política existe. La fuerza de ese partido está, en última instancia, en su movimiento social. Esa es su ancla y su cable a tierra. Si el movimiento social, en este caso la CONAIE, se desatiende de Pachakutik, este se convierte en un albur como pasó en la coyuntura anterior. No existe ningún partido o movimiento político de esas características en el sistema político ecuatoriano. Es el único movimiento con capacidad de movilización social y que, en última instancia, responde a esa movilización social. Es un caso sui géneris de la política nacional y que, sin duda, amerita un estudio a profundidad.

Mal o bien pero todos los partidos políticos obedecen a estructuras oligárquicas de poder y de sus caudillos, las mismas que alguna vez fueron estudiadas y analizadas por Robert Michels. La democracia y participación social y popular de los partidos políticos siempre ha sido un simulacro como lo establece la hipótesis de Michels para los partidos políticos modernos. Todos ellos obedecen a una oligarquía que los controla y gobierna, salvo Pachakutik. Mientras que para las elecciones de 2021 los caudillos apuntaron con el dedo quienes serían sus candidatos, Pachakutik se expuso a un proceso político que casi lo desgarra y que terminó por confrontarlo contra sí mismo.

Pero no solo es ese estatuto de imprevisibilidad, sino también el carácter barroco que atraviesa y constituye la forma de hacer política del movimiento Pachakutik. Y aquí puede verse una diferencia importante con la CONAIE. En efecto, la CONAIE ha posicionado con fuerza la oposición radical al extractivismo y al modelo neoliberal. En octubre de 2019 la CONAIE fue contundente en su respuesta al modelo económico del gobierno y convirtió al FMI en su verdadero interlocutor. Sin embargo, cuando Pachakutik tiene en sus manos el control de la Asamblea, lo último que se le ocurre controlar son las verdaderas palancas del poder: las comisiones parlamentarias de economía, justicia y fiscalización. Para la representación parlamentaria de Pachakutik, las formas son más importantes que el fondo. Si hay que ser presidente de una comisión parlamentaria, cualquiera que fuese, y si está en consonancia con la experiencia de movilización mucho mejor. Pero como la economía es compleja y difícil, mejor que de eso se encarguen los que saben, es decir, la derecha neoliberal. Quizá sin proponérselo, pero entregan lo más importante de toda sociedad a sus adversarios.

Pero eso no significa que esos adversarios tengan el margen de maniobra suficiente para imponerse, porque la definición última de la economía y la justicia, ya no va a radicar en esas comisiones legislativas, sino fuera de ellas, en la movilización social.

La incomprensión del mundo indígena ha producido una serie de tópicos e interpretaciones que revelan ese desconocimiento, por ejemplo, suponer que existe una alianza entre Pachakutik y el gobierno conservador de Lasso para asegurarle gobernabilidad y que existiría una “agenda oculta”. Quizá eso sea pertinente para un partido político sin base social, pero en el caso de Pachakutik eso es imposible, porque significaría el sacrificio político de la CONAIE y de toda su trayectoria de sus últimas décadas y, sobre todo, de su proyecto político del Estado Plurinacional. En efecto, es absolutamente inadmisible que la CONAIE pueda arriar sus banderas de la plurinacionalidad del Estado y de su lucha por la defensa de los territorios contra el extractivismo para asegurar la gobernabilidad de un gobierno de derecha. Si no lo hizo con un gobierno que se autoproclamaba como progresista como la revolución ciudadana, a pesar de los cantos de sirena de ese gobierno ¿por qué habría de hacerlo por un gobierno abiertamente conservador y neoliberal?

Otra interpretación es convertir una convergencia parlamentaria que se tradujo en la elección de una representante de Pachakutik a la Presidencia de la Asamblea, en acuerdos programáticos de largo plazo. Pero es apenas un espejismo de la coyuntura. Es absolutamente normal que en la legislatura se produzcan ese tipo de convergencias porque es, de hecho, el espacio que la sociedad ha construido para eso. Son acuerdos puntuales que no significan negociaciones ideológicas. A nadie se le ocurre pensar que los asambleístas del gobierno de Lasso por haber votado por Pachakutik, por esa votación, estarán de acuerdo en aplicar mayores impuestos a las grandes empresas, en regular más a los bancos y salir del extractivismo.

Por eso, acusar que una convergencia de coyuntura que favorece posiciones políticas de los partidos y movimientos políticos, implica necesariamente acuerdos de largo plazo es desconocer el sentido que tiene la legislatura y la línea ideológica que tienen los partidos y movimientos. Ni el partido de derecha CREO se hizo de izquierda, feminista y ecologista por haber votado por Pachakutik, ni estos se hicieron neoliberales y empresariales por haber aceptado esa votación. Si CREO se deshizo de su alianza con la revolución ciudadana y con el partido socialcristiano es porque le generaba un pasivo político importante y lesionaba su legitimidad a futuro, habida cuenta del desgaste y desaprobación nacional que tienen los caudillos de estos partidos políticos. Fue ese cálculo el que le orilló a votar por el “mal menor” para ellos, en este caso Pachakutik.

De ahí que sea muy difícil que a futuro Pachakutik, por ejemplo, vote por las reformas fiscales neoliberales de Lasso, porque tendrá a la organización social CONAIE para impedírselo. Y es muy improbable que Pachakutik se autonomice de su propia organización. Y la CONAIE tiene vasos comunicantes con todas las organizaciones sociales del país: obreros, campesinos, pobladores, jóvenes, estudiantes, mujeres, ecologistas, desempleados, vendedores informales, universitarios, sindicatos de maestros, taxistas, en fin. A fin de cuentas, es ese entramado organizativo el que rodea a la CONAIE y el que se traduce en movilización social. En la convocatoria al Parlamento de los Pueblos en la coyuntura del octubre-19 asistieron cientos de organizaciones sociales al llamado de la CONAIE. Si bien la CONAIE es fuerte, más fuerte aún es su capacidad de convocatoria a todos esos sectores y eso pudo apreciarse el mes de octubre de 2019.

Puede entonces comprenderse la desazón del nuevo momento político del país cuando la Asamblea recupera su capacidad de negociación de forma independiente del ejecutivo, y al mismo tiempo es dirigida por un partido político diferente a las estructuras políticas que siempre habían dominado la legislatura. Esa confluencia produce paradojas, contradicciones y aporías. ¿Cómo un partido tan diferente a los partidos políticos modernos puede construir acuerdos de largo plazo cuando el piso que lo sostiene es tan impredecible? ¿Cómo puede un gobierno cualquiera sostener su capacidad de gobernabilidad en esas circunstancias? ¿En dónde radica ahora la gobernabilidad del sistema político?

No, el gobierno de Lasso no tiene asegurada ninguna gobernabilidad con Pachakutik. Si bien es cierto que Lasso tendrá que moverse hacia el centro del espectro político por razones de sobrevivencia, también es cierto que ahora el movimiento Pachakutik está aprendiendo a moverse en el poder por sus propios medios. Será un aprendizaje duro, porque es la primera vez que lo hace sin intermediarios. La burguesía no se pierde en ese laberinto del liberalismo porque fue ella quien lo construyó. Pero para el movimiento indígena es una situación inédita. Probablemente Pachakutik cometa errores, incluso algunos de bulto, pero hay que estar convencidos que no van a transigir en su proyecto histórico del Estado plurinacional. Tienen a la organización social más importante del país y quizá del continente detrás y con ellos, y esta organización representa un proceso acumulado de luchas sociales que tiene una visión de largo plazo, y ese proceso no es contingente. No forma parte de ninguna negociación de coyuntura. La resistencia no se negocia. Ahora, el movimiento indígena, está aprendiendo a construirla desde otro canon. Está aprendiendo a ser poder.