Pan, rosas y pluma

6 de Março de 2021, por Nuria Rodríguez

 


La conmemoración del Día Internacional de la Mujer tiene varios hitos, relacionados con la denuncia de la precariedad de las condiciones laborales, la exigencia de mejores salarios y tratos más justos para tener una vida más digna. De esta manera, el 08 marzo de 1908, en Nueva York, cerca 20 mil mujeres trabajadoras, tomaron las calles de la ciudad para manifestarse. El 08 de marzo de 1917, en San Petersburgo, al ritmo de las ollas vacías, con el estómago y el corazón estrujado, las amas de casa de los sectores populares salieron a protestar contra el hambre. También estuvo presente la tragedia y la muerte, en 1911, en Nueva York, un fatídico incendio consumió una fábrica algodonera, murieron 123 mujeres y 23 hombres, las puertas y ventanas habían sido cerradas por fuera, pues era habitual que trabajaran en esas condiciones.

Era una época en que las mujeres todavía no tenían mucho espacio en los diferentes ámbitos políticos, por tal, surgieron varias propuestas escriturales dirigidas especialmente a ellas. Por ejemplo, la dirigente feminista, alemana, Clara Zetkin, quien fundó La Igualdad, un periódico dirigido a sus congéneres. El objetivo era reflexionar y llamar a la conciencia de la situación en que se encontraban y la exigencia de sus derechos. Han pasado décadas, se han librado grandes batallas contra los sistemas de poder, por tanto, la obtención de conquistas fundamentales en materia educativa, civil, legal y sexual. Hoy, nos encontramos en la era digital, las realidades socioeconómicas y políticas tienen otras características. A diferencia del pasado, ahora las mujeres escriben mucho, reflexionan desde otras realidades, desde otros lugares, formatos y estilos.

En este momento, la precariedad laboral tiene otras caras y complejidades. El sistema, nos ha hecho creer que la demanda por los derechos laborales está superada, aunque es la demanda de todas las épocas. Esta lucha no se opone ni contradice las luchas de otros derechos. Los humanos de todo tipo necesitan condiciones materiales dignas, respecto y cumplimiento de sus garantías sociales. No es un tema anacrónico, es actual, pero, principalmente es real. La escritura también se ha distanciado del tema. Hoy, la oferta y demanda del mercado exige narrativas ligeras, fáciles, lindas, felices para satisfacer el placer inmediato; sin embargo, este requerimiento, también han permeado los espacios que se dicen críticos. 

Un libro duro. A pesar del contexto y sus exigencias, todavía existen exploraciones escriturales movidas por el deseo de comprender la situación del Otro, la complejidad humana, mezquindades, bondades e injusticias. Por recomendación de un querido amigo y colega, llegué al libro El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital (2017) de la académica, escritora y feminista española, Remedios Zafra. Es un ensayo sobre la precarización profesional de las mujeres y los hombres de esta época. El texto ha servido de espejo cruel y realista del tiempo en que vivimos, por tanto, una lectura necesaria para, hacer tomas de conciencia, en vez de evadir la realidad. 

La precariedad laboral. Es la situación que sufren las personas trabajadoras, en cuanto inestabilidad en la contratación y vulneración de los derechos laborales. Puede significar el exceso de horas no remuneradas, la inequidad salarial, la corta temporalidad en los contratos, los ambientes laborales que afectan la salud, el no tener seguridad social o la imposibilidad de sindicalizarse. Evidentemente se asocia al trabajo informal, que se ha metamorfoseado y ha ampliado sus características, campos y geografías, ha crecido enormemente en todo el mundo, incluidos los países industrializados. 

Actualmente, la precarización también cobija al grupo profesional con estudios superiores. Zafra ha puesto “el dedo sobre la llaga” sensibilizada al observar y conocer a tantas personas en situaciones laborales complicadas. El sistema cultural se vale de una multitud de personas relacionadas con el trabajo creativo, investigadores, académicos y artistas para hacer trabajos gratis, por muy poco dinero, o pagos simbólicos con certificados, reconocimiento, visibilidad, afecto o mejora de su currículum. Apunta la autora que “el largo camino hacia un trabajo intelectual en el ámbito, creativo o cultural pronto descubrirá que su entusiasmo puede ser usado como argumento para legitimar su explotación” (2017, p.15). En el pasado, a menudo se trataba de estudiantes y practicantes, pero en la actualidad, son profesionales graduados de 25 años en adelante.

 Hace unas semanas, en Costa Rica, una municipalidad, sacó un anuncio laboral que consistía en una pasantía ad honorem por tres meses, como productor audiovisual; dirigida a estudiantes avanzados o graduados, con un horario de 30 horas semanales; además de las tareas a realizar, debía contar con equipo propio. Este es un ejemplo de miles. El sistema naturalizó que los trabajos creativos no se pagan con dinero, y las instituciones del tipo y sector que sea, se aprovechan. 

 La universidad del mundo occidental está en crisis. Ha cedido ante el mercado, seducida y convencida, abrió las puertas a otros compromisos e intereses. La feminista española Remedios Zafra, señala que, las administraciones internas de los centros de enseñanza superior cada vez ofrecen menos oportunidades y puestos estables para las personas académicas. Estas no paran de invertir en su formación, actualizarse, coleccionar títulos, publicar, engordar el currículum, pero la ansiada estabilidad no llega y un puesto fijo es una utopía. Eso, genera competencia entre iguales precarios y rompe los lazos de solidaridad y autocrítica que deberían ser los motores de la educación humanista. Tal vez ese sea el objetivo. En el caso de América Latina, la situación es muy parecida, desde hace años, pero es aderezada con sazones particulares que pasan por las idiosincrasias de sus países; formas muy similares unas y diferentes otras, a la manera de hacerlo en España.

La gran novedad de esta época son los nuevos precarios. Los precarios que accedieron a la educación gracias a las políticas de los ya lejanos, estados de Bienestar. Y los precarios más jóvenes, nacidos después de 1990, “permanentemente conectados y que casi siempre “compiten”” (2017, p. 21). En el pasado, se decía -y todavía debería ser así- que el conocimiento era un instrumento de liberación para construir sociedades más equitativas y la educación la vía para la transformación individual y de las sociedades. Ahora, la paradoja radica en que, tanto el sujeto de estudio del trabajo informal, también llamado “economía colaborativa” ligada a una aplicación de internet, como el investigador académico itinerante, son precarios en el sentido laboral.

La realidad anterior, sacudió a muchos lectores del ensayo El Entusiasmo (2017), quienes también se preguntaron, si el puesto fijo que Zafra ocupaba, en la universidad, estaría a salvo con la publicación del libro. Afortunadamente, lo está. Pero, lo triste y peligroso, es que exista esa duda sobre la academia, en la que se supone hay libre pensamiento y disenso. Harto sabido, en los últimos años, los casos de despidos de académicos estadounidenses de sus universidades por hacer uso de su libertad de cátedra. Eso recuerda a la época del franquismo en España y los tiempos de las dictaduras latinoamericanas en las últimas décadas del siglo XX. El miedo…

Siguiendo a Eduardo Galeano, “el miedo amenaza, si habla, tendrá desempleo; si piensa, tendrá angustia; si duda, tendrá locura; si siente, tendrá soledad”. De manera que, en el sector que sea -parafraseando otra vez al uruguayo- el miedo más grande de esta época es perder el trabajo, a pesar de que los derechos laborales existen en el papel, y se recuerdan en los discursos como grandes conquistas de los países de occidente. También sintieron ese miedo las planchadoras, costureras, obreras textiles a finales del siglo XIX y principios del XX, en un tiempo en que no había todavía muchos papeles que hablaran de garantías sociales. Sin embargo, tuvieron valor para exigir “pan y rosas”, es decir, el sustento, traducido en un salario justo y mejora de la calidad de sus condiciones laborales para tener una vida digna. Hoy, pese a los logros obtenidos, pululan los mendrugos, las rosas marchitas y las carreras de ratas.

Habitamos la era digital. Es la era hedonista, de la distracción, el egoísmo, el sectarismo, la rapidez; Narcisos, enamorados de sí mismos, al punto de desfallecer ante su propia imagen. Es un mundo globalizado, sobre informado e interconectado. Abundan las narrativas cercanas a las Chick Flick de la cultura pop, que se vende como críticas, pero son ricas en propuestas complacientes y corrongas[i] o victimistas y sectarias. Ante este panorama, es fundamental el compromiso feminista de reflexión mediante la lectura y la escritura. Por tanto, el libro de Zafra, que se ha dicho es duro de leer, es provocador y esperanzador porque mueve a la toma de conciencia, aleja del engaño y del autoengaño. La autora hace un ejercicio de solidaridad desde la humildad, ya que se reconoce en los Otros. 

Los Otros que existen en la realidad, más allá de la pantalla, más allá del espejismo de igualdad y democracia, seres materiales, que tienen cuerpos reales y que necesitan cubrir sus necesidades básicas, laborales y creativas, “la creación es todavía uno de los pocos territorios que nos permite sumergirnos y romper la tendencia de una vida domesticada” (2017, p. 226). Zafra se hermana, se atreve, transgrede, y toca un tema que duele y avergüenza. Finalmente, en esta fecha, no se pueden olvidar las palabras de la dirigente alemana, Clara Zetkin en 1910, “en este día, compañeras, reclamaremos los derechos civiles, políticos y económicos que nos corresponden”.

Referencias

Zafra, R (2017). El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital

[i]  Adj. Costa Rica, bonito, lindo, atractivo, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE). Como palabra de la variante dialectal del español costarricense, desde el uso irónico y satírico también puede significar afectado, ridículo y cursi.