Colómbia: una paz manoseada para exorcizar la guerra

31 de Agosto de 2017, por John Mario Muñoz Lopera

 


"... Ahora, cuando la paz parece una realidad en el horizonte gris de esta historia colombiana dura de masticar, vuelven los salvadores de la patria, los dueños de la moral pública, los adalides de los valores y la pulcritud, a tratar de volver “trizas” un proceso de paz que ha sido ya bastante manoseado..."

Colombia es una paradoja, por decir lo menos. El 13 de junio de 2017 se debió celebrar que el 60% del armamento del grupo guerrillero más antiguo de América Latina, las Farc-EP, va silenciando su ruido de muerte y terror que ha acompañado esta trágica y absurda guerra de más de cinco décadas, que en su confrontación con el Estado y los paramilitares ha dejado más muertes que en guerras civiles declaradas, más desaparecidos que en las dictaduras militares del cono sur, más de 8.500.000 víctimas, más de 7.000.000 de hectáreas de tierras usurpadas a pequeños e indefensos campesinos, logrando con esta estratagema bélica ocupar nuevamente el deshonroso primer lugar en el mundo de personas desplazadas forzadamente por el conflicto armado interno y, como resultado de éste, una contra-reforma agraria donde las élites terratenientes del país se quedan con tierras geoestratégicamente bien ubicadas para la expansión del capital.

Estas cifras evidencian los niveles de violencia que parecen estar enquistados en la mentalidad de muchos de los colombianos, y naturalizarse como parte biológica o cultural de un país que se ha degradado a extremos, donde el otro es un enemigo que se debe destruir de manera física o simbólica; el derecho a la réplica, a los argumentos, a la razón, perece perder el valor fundante de la modernidad; por el contrario, operan las emociones irracionales y violentas.

Decía Clausewitz que “la guerra es la forma de hacer política por otros medios”. Esa parece ser la suerte de Colombia, con esta tragedia humanitaria con la que convivimos, pero en el fondo de este planteamiento, se puede desenmascarar los beneficiarios de esta demencial confrontación, puesto que es la relación guerra-paz la que ha puesto los últimos gobiernos en el poder, unos para acabar con la insurgencia y otros para lograr la paz, de hecho un derecho constitucional; pero los unos y los otros logran eclipsar el sentimiento de la población con discursos falaces que tienen un solo fin, seguir cabalgando en el poder, con la ayuda incondicional de los medios de comunicación que van creando una opinión muchas veces distorsionada de la realidad.

Ahora, cuando la paz parece una realidad en el horizonte gris de esta historia colombiana dura de masticar, vuelven los salvadores de la patria, los dueños de la moral pública, los adalides de los valores y la pulcritud, a tratar de volver “trizas” un proceso de paz que ha sido ya bastante manoseado, con artimañas propias de aquellos acostumbrados a engañar, diciendo al unísono como en un trance colectivo, que Colombia se va a volver castro-chavista, que los gays van a dictaminar la moral pública, que le van a entregar el país a las Farc y no van a entregar sus bienes económicos, que... en fin, hasta el exabrupto que el Papa es insurgente.

No se puede subestimar a estos “salvadores” de la nación, ya que enfilan su arsenal de mentiras y sus formas distractoras de hacer política para la contienda electoral que se avecina, y que seguro será una de las más complejas y difíciles de la historia reciente del país; harán hasta lo imposible no solo por llegar al poder, sino por ir poniendo todos los obstáculos y críticas al proceso de paz.

Es por lo anterior que una de las obligaciones como ciudadanos, como universitarios, es trabajar para exorcizar ese fantasma de la guerra, desentrañar desde el debate, la investigación y formación qué es lo que ha sucedido en la realidad política del país y seguir apoyando el proceso de paz, pero sobre todo acompañar su implementación, que será la parte más difícil, ya que la paz se hace en los territorios, no solo en el papel; este puede ser letra muerta o letra cómplice y asesina, si no se respeta la vida de aquellos que vieron en la paz una forma de salir de la ignominia de la guerra.

Dice Pepe Mujica en la verificación de las entregas de armas de las Farc-EP: “Hay que desmantelar lo que ha acumulado tanto dolor (...) no se puede vivir en una sociedad con desconfianza” (…) “no sólo la paz de Colombia es la que está en juego sino el desafío de hacia dónde va el hombre y la humanidad. Por eso, Colombia es un laboratorio de la historia, no lo hagamos fracasar por favor pueblo colombiano. El principal actor eres tú que andas por las calles y la vida”. Este llamado de un hombre que no vio la guerra por televisión, que la padeció en su país Uruguay, que fue prisionero por muchos años y luego presidente, es muestra de que la guerra solo deja una estela de muerte y degradación, donde la gran mayoría de víctimas y victimarios son el propio pueblo excluido para beneficio de otros que están cómodos en su sofá.

Es cierto que el proceso de paz en Colombia no va a generar los cambios estructurales que puedan mover los cimientos del modelo económico que gobierna buena parte del mundo, al igual que una política social estatal más integral, pero sí puede ser importante para disminuir las muertes como viene pasando, para consolidar una ciudadanía más activa y para hacer cumplir las premisas básicas del Estado de derecho propio de un estado moderno.

Jhon Mario Muñoz Lopera es Director del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, CELyC